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Mostrando entradas de 2011

La caballería roja

("La caballería roja" es un cuadro de Kazimir Malévich, y el nombre de una exposición reciente de La Casa Encendida)


te dije que metieras la cabeza en el congelador después de aquel polvo que duró tres habitaciones:

en tus mejillas había formado entera la caballería roja, y amenazaban las monturas
con descabalgar a sus jinetes y salir huyendo hacia las colinas, y entonces
se te hubiera contagiado el rubor a los pezones, cumbres altísimas de tu cuerpo
y hubiera sido imposible escalarlos, del mismo modo que es imposible
escalar un volcán en erupción
sin quemarse la lengua;

en lugar de eso seguimos besándonos, tan apretados el uno contra el otro
que ninguna de nuestras heridas tenía suficiente oxígeno para seguir viviendo,
como un niño que se aprieta un algodón enorme en la nariz y sigue en el juego;

se nos pusieron los párpados cianóticos perdidos, porque no pasaban los glóbulos rojos
la aduana del beso;

te dije que metieras ur-gen-te-men-te las piernas en una bañera de…

Escalofrío y erección

Me cuesta ducharme los lunes.

Tengo miedo de perderte en el desagüe. Sé que las diminutas esporas
que se me despeñan del ombligo,
los trocitos de piel muerta que se suicidan al contacto con la bañera
son los únicos restos del fin de semana de tu piel en mi piel,
y ningún gel dermoprotector va a darme el mismo placer
que la periferia abandonada de tu tacto en mi cuerpo.

Cuando nos vamos de vacaciones y luego volvemos a ciudades separadas
estoy una semana sin probar el jabón y el agua, para que no te vayas del todo;
y sería capaz de habitar el Sáhara después de vivir contigo un par de meses.

Me cuesta comer, también.
Mi lengua que ha rezado en tu boca prefiere el ayuno a pecar de menú del día.
Mi boca, que ha sido pila bautismal del agua bendita
recogida de tu benditísimo coño
no quiere volver a beber por lo menos hasta el martes.

Y así adelgazo todos los principios de semana.
Me transparento, y por la calle me llaman el hombre invisible.
Luego por las noches vas deslizándo…

Once días de buceo

Debajo del agua envejecemos a la velocidad de la luz. Es por eso que después
de un baño de media hora después de las aguadillas del cloro en las córneas
de los largos y los anchos y los fondos,
después
la piel de las yemas de nuestros dedos parece un mapa de isobaras
que contuviera en el centro las borrascas de setenta años.

Nuestros pensamientos, sin embargo, utilizan la cámara lenta subacuática.
Once días de buceo pueden ser un encefalograma plano.
Es casi imposible tener un sueño bajo el agua así que pensar
no merece la pena si no se piensa en cómo nadar detrás de uno de ellos.
Que además suelen estar en tierra firme. Colgando de los árboles,
o sujetando la puerta por dentro igual que si fueran niños
que no quieren que entremos en su habitación desordenada.

Es necesario saber soñar despierto para poder hacerlo bajo el agua.
Lo aprendí de ti, de tantas veces que venías casi ahogada de las noches
a contarme por las mañanas que habías pasado las horas en la vela
de barcos qu…

Tus desnudos

Tus desnudos son obras de arte.
Alguien, subvencionado por una institución pública,
debería permanecer al pie de nuestra cama y esperar a que mi hemisferio torpe,
que es el norte,
te deje en pelotas sin sábana ni manta por la mañana,
y grabar ese momento en alta definición para la posteridad.

Luego tendría que atravesar hasta el baño
y sacarte algunas tomas dignas de una estrella de los escenarios.
Podríamos instalar bombillas alrededor del espejo del lavabo, unas de bajo consumo
que pudieran hacer las veces sin costarnos demasiado, y entonces
que tu empolvado matutino se facturara en un camerino de Broadway,
con el albornoz en su papel de bata de satén y el plumero como plumas de
aves exóticas que van a parar a tu cuello.
Después tendría que largarse, claro, porque por mucho que se esforzara
con esa luz me temo que mi afeitado
daría la impresión de estar hecho en la caravana de un circo.

Habría que usar para la ducha los mismos efectos que en Matrix.
Que la cámara gira…

Tendremos que pasar la noche en vela

Los niños no deberían escuchar cuentos antes de dormir. Si los cuentos son buenos, los niños se desvelarán esperando la continuación, dibujando en el aire con el índice a su personaje favorito o simplemente rebobinando la historia en su vídeo-cabeza para ponerla otra y una vez.
Si los cuentos son malos con aire de pésimos, los niños se aburrirán tanto que, ciertamente, dormirán como benditos. A la mañana siguiente despertarán queriendo ser farmacéuticos en vez de príncipes, y por supuesto no querrán volver a aburrirse la noche siguiente, así que será imposible volver a leerles un cuento en mucho tiempo.
La repetición de malas historias nos traerá un mundo perfecto: los más avanzados serán capaces de formular drogas cada vez más complejas para que el resto traguen con un vaso de agua antes de dormir la pastilla que les haga olvidar la falta de imaginación.
Es un hecho. Y sin embargo tú me has pedido un cuento para dormir esta noche. Tú, que no eres una niña. A mí, que he hecho conti…

Matemática elemental

He estado haciendo cálculos.

Si tenemos en cuenta que duermes, de media, ocho horas,
y que yo paso despierto más o menos dieciséis,
cada día tengo el tiempo justo para contemplar tus sueños
y después llevarlos a cabo en tiempo real.

Sólo espero que no seas de esas princesas
que sueñan con dragones.

Eso me dejaría sin ahorros.

El verano es el tiempo de la poesía

El verano es el tiempo de la poesía.
Siempre me ha encantado
escribirle a las estaciones en las que tienes menos ropa.

33

Se quedó apoyado en la portezuela del coche, que sujetaba entreabierta, con la mirada fija en la estación de servicio. En los dos cristales y en el automatismo que los abría cuando alguien se acercaba. No salió nadie. No pasó nada. Vino el minuto siguiente y siguió sin pasar absolutamente nada. Dio la vuelta al coche para cerrar bien atrás y entró en él. Hubiese encendido un cigarrillo si hubiera sido un fumador, pero no lo era, así que encendió el contacto con aire de estar echando algo de menos y con toda la calma del mundo.
En el maletero, las cifras que hace cinco minutos marcaban la 95 sin plomo hicieron un poco de ruido al chocar las unas con las otras. No estaban acostumbradas a viajar.
Tampoco habían dicho nada en lo de los calendarios. Como en la gasolinera, los empleados de las imprentas que habían visto desaparecer los domingos y algunas otras fiestas de guardar no habían abandonado su trabajo montados en cólera ni habían perseguido al infractor. Tampoco en el hipódromo, ni…

las alturas

Le gustan las alturas.
La primera vez me dijo que siempre lo había hecho en lo más alto de los edificios. La primera vez, que mirábamos Madrid al fondo con la seguridad de que nadie nos podía mirar a los ojos. Es una característica de los aspirantes a rascacielos y de los jugadores de baloncesto, es imposible discutir con ellos porque son inaccesibles a la mirada frente a frente. Y no valen las sillas o las escaleras. A nosotros nos pasaba lo mismo, la primera vez, en aquel sexto que sólo estaba separado del cielo por los doscientos o trescientos euros más que costaba el séptimo. Nadie nos llegaba ni siquiera a la nuez, allí donde podrían habernos hecho daño con las suelas de sus zapatos caminando sobre nuestras palabras.
Le gustan las alturas, le encantan.
Es una auténtica experta en planos picados, aquellos que hacen sudar más a los autores pero terminan sacándolos más delgados en sus mejores películas, y a mí me terminan sacando del cine y de la estratosfera, me estallan cuando sus…

Abecedario

Hemos limpiado el abecedario entero de la manera más romántica posible.
Y de la manera más salvaje, y de la más sucia a la vez. De 29 maneras distintas,
lo cual teniendo en cuenta que sólo hay 27 letras
quiere decir que en el trayecto no nos hemos saltado ni la che ni la elle.

La copa B nos ha llevado a grabar montón de películas X al borde
del punto G; al borde de la bomba H, que es donde nos quedábamos cada vez
que llegaba el día D y nos atrapábamos en habitaciones de hotel
que sólo tenían números en la puerta,
hemos podido experimentar nuestro propio special K.
Y qué decir de las vitaminas que hemos ido nombrando por el camino.

No nos ha hecho falta llegar a la doble A para sentir que teníamos el apoyo
de los mercados financieros. Daba igual. Hubiéramos follado en la Bolsa y nuestros flujos
hubieran sido los culpables a la mañana siguiente del resbalón del IBEX-35;
lo hubiéramos hecho si no fuera porque el edificio permanece cerrado
por las tardes-noches y a nosotros lo que más nos gusta de madr…

Caperucita con botines (cara B)

Caperucita es roja por fuera pero sé que está envuelta en papel de regalo por dentro,
y por naturaleza viaja entre las últimas letras del abecedario
en autovías recién estrenadas que se alejan bastante de los bosques.
Tiene dos abuelas, en vez de una, y son las abuelas las que la llenan
de chocolate y no al revés. Y de tuppers su madre, que también está
en la casilla de salida del camino de vuelta junto a las abuelitas.

En sus botines se concentran las últimas tendencias de París, que poco
o nada
tienen que ver con el senderismo. En sus botines podríamos construir
el tobogán perfecto, por la inclinación, si nuestro cuerpo entero
tuviera la medida de la más pequeña de sus pestañas. También
podríamos beber de ellos todo el champán que se acumula en las oficinas vacías
esperando algo que celebrar,
si no fuera porque nos gusta beber champán mientras follamos
y cuando follamos los lleva casi siempre puestos.
Caperucita, tan del veintiuno, sólo se para a charlar con los desconocidos
que le enseñan la barba…